El pasado día 24 de junio de 2011 dábamos por concluida con nuestra llegada a
Camarenilla (Toledo) la “I Expedición al Círculo Polar Ártico en autogiro” que decidimos llevar a
cabo en conmemoración del centenario de la aviación en nuestra localidad de Getafe, cuyo primer
vuelo se llevo a cabo el 26 de mayo de 1911, aterrizando en lo que era entonces la Dehesa de Santa
Quiteria, Jules Verdines que ganó la carrera París-Madrid
organizada por el periódico “Le Petit Parisien”.
El mal tiempo ha sido la tónica de esta I Expedición en autogiro al Círculo Polar Ártico en la que en principio tuvimos que esperar desde el día 5 al 8 de junio para poder iniciar las etapas previstas, siendo indudablemente la más difícil la primera en la que se tuvo que atravesar los Pirineos y que fue imposible hacerlo debido a la enorme condensación de nubes existentes y en la que a pesar de subir hasta 8500 pies (casi 2900 metros) para volar por encima de las mismas, motivaron el regreso de los dos autogiros a la base de Lumbier desde donde habían despegado inicialmente. Al día siguiente el techo de nubes había subido y con apenas 6000 pies (2000 metros) pudimos pasar por debajo lo que nos facilito la posibilidad de ver el enorme monasterio de Roncesvalles conmemorativo de la célebre batalla en la que perdió su ejército Carlomagno.
Nos dirigimos hacia el Este de Francia con el fin de visitar el campo de Bois de la Pierre, campo dedicado exclusivamente a los autogiros y donde nos encontramos con un número considerable de ellos, la mayoría de construcción amateur y de diseños muy variopintos y curiosos. El resto de las etapas en Francia, estuvo jalonado de mal tiempo y con lluvias intermitentes y en uno de los casos nos perdimos totalmente debido a que nos informaron mal de las coordenadas teniendo que aterrizar en otro campo alternativo hasta que acertamos a dar con nuestro destino a unos 10 kilómetros de distancia.
En Alemania la mayoría de los campos son de veleros o lo que es lo mismo
destinados al vuelo sin motor, debido a las famosas restricciones que se les impuso a los alemanes
en la I Guerra Mundial para la fabricación de armamento lo que originó una afición tremenda a este
deporte. Lo practican tanto con torno (tirando de un cable y lanzando al velero a unos 300 metros
de altura) como con arrastre de avionetas que es mucho más fácil y cómodo. En alguno de ellos hasta
se encargaron de buscarnos alojamiento y hotel y facilitarnos el combustible necesario para seguir
volando sin problemas. El último campo situado en la Alemania del Este, YSTRASUND estaba
frecuentado por un matrimonio ruso que no hablaba nada de inglés. No obstante nos ofrecieron
alojamiento en una especie de barracones donde las camas no tenían sábanas, ni almohadones, las
ventanas sin visillos cuando la noche dura apenas hora y media y los baños eran comunes y por
supuesto nada de toallas, pero la señora de unos dos metros de altura que nos mantenía a raya en
cuanto alzábamos la voz (nosotros siempre tan escandalosos), lo suplió todo con una buena cena y un
buen desayuno a la mañana siguiente antes de partir para Suecia.
La travesía del Mar Báltico con un cielo completamente despejado y con apenas unos 15 kilómetros de viento en contra fue sencillamente fascinante. Pertrechados con nuestros chalecos salvavidas (obligatorios para el vuelo), llegamos a la costa sueca en unos 45 minutos, completamente llana y jalonada de casas diseminadas rodeadas de un verdor exuberante.
En Suecia donde simplemente con una llamada telefónica al aeropuerto de destino
nos facilitaron el acceso a su inmenso cielo, la tónica han sido los lagos y los pinos. Un inmenso
mar de pinos, y entre ellos lagos, miles de lagos, en algunos casos con sus hidroaviones aparcados
en la puerta de su casa, a la vez que sus barcos con sus correspondientes embarcaderos dan una idea
del nivel de vida de los suecos. En el primer
aeropuerto que aterrizamos invitación a café y a bocadillos de carne de reno, que no están
mal. La controladora una chica joven muy maja le entregamos la placa conmemorativa de nuestro paso
que hemos ido dejando en todos los campos donde hemos aterrizado y que nos han agradecido
efusivamente. En este país ha sido asombrosa la acogida que han tenido los autogiros y el
desconocimiento de los mismos debido a que son poco frecuentes.
De nuevo un frente de borrascas que entró por el oeste y ocupó la mitad de la península escandinava comenzó a complicarnos las cosas, obligándonos a aterrizar en campos alternativos que no teníamos previstos, entre ellos y como más anecdótico el único campo de aviación sueco que participó en la segunda guerra mundial y que estuvo camuflado debido a que los suecos a pesar de sus simpatías por los alemanes se mantuvo neutral durante la contienda. Ahora es un museo y esta dedicado a la memoria de los 300 pilotos suecos que murieron durante la guerra. El único habitante de este lugar perdido en las inmensidades de la estepa sueca, que se dedicaba a conservarlo y vestido de militar nos impartió una charla de hora y media en el antiguo barracón de entrenamiento de los pilotos sobre la historia de la democracia dando de vez en cuando sus buenos puñetazos sobre la mesa, sobre todo cuando llego a Hitler y los nazis, que no le eran nada simpáticos y que tenían la efectividad de despertarnos de la somnolencia en la que nos habíamos sumido.
Como el mal tiempo no cesaba y las nubes cada vez estaban más bajas, y no podíamos seguir en línea recta hacia Kiruna, nuestro destino, tuvimos que tomar una decisión drástica y variar nuestra ruta casi unos 90 grados a la derecha de Suecia, dirigiéndonos hacia el Mar Báltico con el fin de al menos volar por debajo de la cota de nubes que estaban a unos 1000 pies (300 metros). Fue lo mejor que pudimos hacer entre otras cosas porque la meteo comenzó a mejorar y los cielos se fueron despejando según subíamos hacía el norte donde apenas unos cuantos cúmulos dispersos nos dejaban tranquilamente pasar sin molestarnos lo más mínimo.
El día 17 de junio por la tarde a unos kilómetros del aeropuerto de Gallivare atravesamos el CIRCULO POLAR ÁRTICO situado a 66 grados y 33 minutos de latitud norte. No vimos ninguna marca o línea blanca sobre la tierra pero nuestros GPSs, que son muy listos así nos lo indicaron. A continuación aterrizamos en el aeródromo previsto de Kiruna en los 67 grados 49 minutos, latitud norte, dando así debidamente cumplido nuestro objetivo. Han sido casi 40 horas de vuelo y 21 días de duración desde que iniciamos nuestra aventura, desde el 4 al 24 de junio del corriente año.
Al día siguiente partimos para el Cabo Norte en Noruega para plantar la bandera de Getafe en el lugar más septentrional de Europa e iniciar nuestro regreso a España que nos pareció interminable. Pero eso ya es otra historia.
Bernardino Rodríguez Gamino Piloto del autogiro ELA 07 EC-FQ8
Presidente del Club Ultraligeros Getafe